El trabajo de limpieza sostiene hospitales, escuelas,
oficinas y espacios públicos. Sin él, la vida cotidiana se detendría. Sin embargo, este sector sigue marcado por el estigma y la precariedad.
Se percibe como “no cualificado”, se asocia con lo sucio y se invisibiliza: solo se nota cuando falta. A esto se suman condiciones laborales duras —jornadas partidas, bajos salarios, alta carga física— y una feminización histórica que multiplica la doble presencia de muchas trabajadoras.
La pandemia mostró por un instante su importancia, pero el reconocimiento no se tradujo en mejoras reales. Dignificar el sector exige tres pasos:
Reconocimiento de su valor estratégico.
Mejora de condiciones laborales y salariales.
Profesionalización con formación y nuevas tecnologías.
Arrinconar la limpieza es arrinconar la salud pública y la dignidad social. Solo invirtiendo en respeto y profesionalización podremos darle el lugar que merece.

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